Tributo a Robert Swartz

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25 October 2023

La heroicidad de entregar la vida hasta su último aliento en ayudar a pensar mejor

Por Ana Moreno y Toni Gallemí

Todos los que conocimos a Bob coincidimos en sus grandes cualidades como pensador, educador y amigo, pero poco sabemos sobre su vida anterior al TBL. ¿Cómo era el joven Bob, cómo fue su juventud? ¿Cómo se inició en el pensamiento? ¿Cómo contribuyó a la mejora de la educación en el mundo?

Bob nació en 1936 en el seno de una devota familia judía en una de las ciudades más antiguas de Estados Unidos, Sandwich, Massachusetts, le gustaba decir que se había criado junto al mar. Ya de niño y adolescente le gustaba mucho hacerse preguntas sobre las cosas y pensar. A los 13 años, tras la celebración de su mayoría de edad judía, decidió dejar de practicar, pero de cierta manera siempre se sintió vinculado a la historia del pueblo judío. Cuenta que en uno de sus viajes quiso ir al Mar Rojo y se emocionó recordando el pasaje de la Biblia en que Moisés guía a su pueblo entre las aguas. Más tarde sus padres se trasladaron a Boston y asistió a la Boston Latin School, la escuela más antigua del país, y de allí entró en Harvard donde estudió filosofía y unos años más tarde se doctoró en la misma universidad. Estudió también una temporada en Oxford y Cambridge en Inglaterra y aprovechó para conocer Europa haciendo autostop. Un día se encontró a otro viajero que se dirigía a España y le preguntó: “¿Qué hay en España?”, a lo que el viajero le respondió que “en Sevilla hay una feria”. Así que se fue con él y se enamoró para siempre del país.

Aunque él decía que no estaba hecho para el matrimonio, se casó dos veces y del primer matrimonio tuvo dos hijos; a Jen, como la llamaba él, y a Alexander. Trabajó en varias universidades, poniendo en marcha en dos de ellas el departamento de filosofía. Se jubiló en 2002 como profesor emérito de la Universidad de Massachusetts.

¿Cómo se adentra en el mundo del pensamiento?

El mismo Bob cuenta cómo fueron sus primeros pinitos en educación, en un artículo que le pidió la Universidad de Harvard, para un libro escrito por exalumnos ilustres de la Universidad en el 60 aniversario de su graduación.

En reconocimiento a su contribución a la mejora de la educación, Harvard le pidió que escribiera sus ideas sobre el aprendizaje en secundaria para el capítulo sobre educación.

En él, Bob Swartz cuenta que todo empezó un día de 1976, cuando la dirección de su vida profesional cambió por completo.

Entonces él era profesor titular y director de la Facultad de Filosofía en la Universidad de Massachusetts, y Kevin O’Reilly, profesor de Historia en Bachillerato y buen amigo suyo, le invitó un día a atender una de sus clases junto a sus alumnos. Quería mostrarle algo que había planeado durante un tiempo. En ese momento estaban estudiando la Guerra de Independencia de Estados Unidos, concretamente las batallas de Lexington y Concord. Leyeron los hechos en sus libros de Historia, destacando lo siguiente: “El general británico Cage, que iba a caballo, gritó: “¡Dispersaos inmediatamente, rebeldes! ¡Fuego!”. Y las tropas británicas dispararon “matando a ocho patriotas”. Posteriormente, O’Reilly les dijo a sus alumnos que la noche anterior había estado leyendo ese mismo suceso histórico en otros libros. Y leyó uno de ellos: “Pero en la confusión alguien disparó. Los británicos devolvieron el fuego y mataron a algunos “colonos”. Luego marcharon hacia Concord”.

Entonces O’Reilly dejó el libro y se preguntó a sí mismo que no sabía a quién creer. “¿Quién disparó primero?”. Entonces los estudiantes comenzaron a preguntarse por qué. Uno de ellos indicó que el segundo pasaje solo decía que “alguien disparó”, pero no quién. Pero otro estudiante intervino afirmando que empezaron los “colonos” porque el texto decía que los británicos “devolvieron” el fuego. Entonces un alumno preguntó quién escribió el segundo libro, y O’Reilly les dijo que el texto era de Winston Churchill (History of the English Speaking Peoples). Cuando repararon en que era inglés y que el libro fue publicado en el Reino Unido, afirmaron que “debe ser el libro que está mal”. O’Reilly les preguntó si no habían leído nunca un texto publicado en Estados Unidos que estuviera mal y, efectivamente, lo habían hecho. O’Reilly les conminó a pensar un poco más y a hacer una lista de cosas que podrían determinar cuál de los dos libros era más fiable.

No nos vamos a entretener más de la cuenta en lo que sucedió después: los alumnos realizaron una larga investigación sobre los autores, cuál era su procedencia, dónde habían publicado, etcétera. Surgieron todavía más intervenciones sugerentes. Al final de toda la investigación concluyeron que era imposible saber quién disparó primero y que los autores de los textos se habían inventado su propia historia.

Swartz quedó impresionado por la reacción de los alumnos. En una simple clase, el profesor O’Reilly había armado a sus alumnos con algo que podían utilizar para toda la vida: el pensamiento crítico.

Swartz reconoce que se fijó en los resultados de otros investigadores sobre “enseñar a pensar”, aunque dando a entender que lo primordial era desarrollar una serie de habilidades especiales de pensamiento, como juzgar cuidadosamente la fiabilidad de las fuentes. A través de estas investigaciones, Swartz desarrolló una amplia conceptualización de los distintos tipos de habilidades de pensamiento, utilizando algunas categorías de otros investigadores –análisis, síntesis, evaluación– pero identificando en ellas tipos específicos de pensamiento que la gente usa a diario (tales como la fiabilidad de las fuentes, juzgar lo que causa que algo suceda, predecir cosas, tomar decisiones y resolver problemas). Como este marco de aprendizaje fue pensado para los alumnos, más tarde se desarrolló una investigación sobre nuevos métodos de instrucción dirigida a los profesores, para aprender a enseñar con esta metodología.

El desafío, el objetivo de este estudio no es simplemente aprender a llevar a cabo este tipo de pensamiento, sino, sobre todo, utilizar estas herramientas de pensamiento para fomentar el compromiso con lo que se está aprendiendo. No se trata de enseñar a saber algo, sino de, en cierto modo, enamorarse de lo que se está haciendo.

Este aprendizaje podría intuirse como cerrado por ser un “pensamiento crítico”, pero no entra en conflicto con el pensamiento creativo. Al contrario, la creatividad que cosecha ideas originales se complementa con la crítica.

A lo largo de los años siguientes, Swartz observó como profesores de distintos colegios aplicaban las nuevas técnicas, por ejemplo, a través de metáforas y expresiones impregnadas en nuestra cultura, demostrando que nuestra lengua es incansablemente creativa y puede ayudarnos en nuestro desarrollo del aprendizaje. Los profesores invitaban a Swartz a sus clases (en Lubbock, Texas; en el Colegio La Vall y en el Montserrat de Barcelona; en el Colegio Aixa de Palma de Mallorca; e incluso en un colegio de Lima, Perú). Las técnicas se aplicaban indistintamente en clases de arte (mediante dibujos o análisis de obras), en literatura (escribiendo un poema) o en ciencias (con la llegada del hombre a la luna).

Estos tan solo son ejemplos concretos del paso de Swartz por el mundo de la educación, que comenzó un día de 1976.
El legado de Swartz es amplio y extenso, y ha demostrado que una buena enseñanza puede despertar en los alumnos el interés, la motivación y el gozo en lo que están aprendiendo.
También en los maestros, que deben ser guías o, más bien, jardineros que cultivan cuidadosamente y con esmero el cándido vergel que crece ante sus ojos y que, en un día no muy lejano, dará nuevos frutos.

¿Por qué acabó viajando por todo el mundo enseñando a la gente a ser buenos pensadores?

Recuerdo que, poco antes de morir, cuando ya estaba en la residencia, tuvimos nuestra última conversación por videoconferencia. Como siempre, estuvo amable y cariñoso, pero noté algo que no sabría cómo explicar, algo había cambiado, y no me refiero a su estado de salud, que realmente había empeorado bastante, apenas veía, le costaba seguir el hilo de la conversación. La verdad es que, a pesar de que intentaba sonreír e incluso estar chistoso, le noté triste, el mes anterior había estado en Sandwich, Massachusetts, la misma ciudad donde había nacido, y había tenido que tomar decisiones importantes, como desprenderse de todas sus cosas, y venirse definitivamente a Madrid. Para él ese viaje fue una gran despedida y su corazón había quedado tocado. Me dijo que el esfuerzo había sido grande en todos los sentidos, física y emocionalmente.

Creo que fue la última vez que habló de su querido TBL, la idea era hacerle una entrevista para una revista de educación, pero decidí dejar que hablara y contara lo que él quisiera.

Me di cuenta de que realmente estaba enamorado de su TBL, era su vida, su pasión. Por él había abandonado la comodidad de una vida de jubilado como profesor emérito de la universidad para recorrer el mundo ayudando a niños y a jóvenes a mejorar su forma de pensar para tener una vida mejor.

Entonces me admiraba, ahora sé también que había otro motivo y también me emociona y me ayuda a quererle aún más. Y es que Bob, nuestro Bob, tenía un hijo, Alexander, al que quería mucho y que murió en 2004 en trágicas circunstancias. Para Bob este acontecimiento supuso un duro golpe del que nunca se recuperó del todo, se sentía culpable de no haber sido capaz de ayudarle, de estar cuando más lo necesitaba. Bob le llevaba en lo más hondo de su corazón, se acordaba de él todos los días de su vida. Pienso que Alexander era la fuerza que le empujaba a seguir en su cruzada personal de ayudar a niños y jóvenes a tomar buenas decisiones. Sería ideal que todos hiciéramos lo mismo y cuidáramos su legado, por el bien que hace al mundo, por nuestra amistad con Bob y por Alexander y tantos como él que necesitan de alguien que les eche una mano.

Para terminar, dejamos aquí un vídeo memorial en recuerdo de Bob y del gran legado que dejó.

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2024-02-26T10:08:59+00:00

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