Las crisis de autoridad lo son de resiliencia

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15 November 2021

La consecuencia de recurrir demasiado a menudo a la potestas es que se ha perdido la auctoritas

Por Xavier Ureta

A través de los medios de comunicación y de las redes sociales, últimamente estamos asistiendo a una especie de caos en las conductas de las personas más jóvenes: botellones, enfrentamientos con la policía, agresiones gratuitas, y un largo etcétera que todo el mundo conoce. Quede claro que no tengo ningún afán de generalizar, ya que conozco bastantes jóvenes muy sanos. Sin embargo, sí hay una creciente tendencia preocupante de estos comportamientos.

Ante esto, la pregunta que oigo entre mis amistades es del estilo “¿nos estamos volviendo locos, o qué?” Y es que el tema no tiene fácil solución porque sus causas son múltiples y complejas. Hay evidencias que nos permiten afirmar que vivimos en un mundo en el que la medida de las cosas se realiza a partir de parámetros de hedonismo, de falsos ídolos, de agresiones (sexuales, xenófobas, homófobas…) o de violencia gratuita.

Vivimos en un mundo en el que la medida de las cosas se realiza a partir de parámetros de hedonismo, de falsos ídolos, de agresiones o de violencia gratuita.

Todo ello aderezado con un capitalismo fuera de control que conduce a los jóvenes a quererlo todo, y al momento, a pesar del contexto de una precariedad laboral y de la creciente vulnerabilidad de las necesidades básicas de muchas familias. Ante estas obviedades, se puede empezar a entender la respuesta despectiva contra el mundo de bastantes jóvenes. Este “bastantes jóvenes” no es globalizador: es de proximidad, la juventud que nos toca de cerca.

Otra de las manifestaciones de ese “estar contra el mundo” que observamos es la intolerancia a la frustración, es decir, cuando se les deniega algo que no les conviene, a criterio de aquellos que tenemos la responsabilidad de su educación. Esta actitud comporta el cuestionamiento de la autoridad, tanto en el ámbito familiar como en su interacción con la sociedad (escuela, deporte, agentes del orden, etc.). Es en este campo, el de la autoridad, que enfocaré esta aportación.

¿Sufre una crisis de autoridad nuestra sociedad?

Antes de seguir, me detengo en mi discurso para volver a lo que, en referencia a la autoridad, ya he escrito en varias ocasiones. En la antigua Roma se utilizaban dos palabras para referirse a la autoridad: la auctoritas y la potestas. La primera, la auctoritas, es de orden moral, es decir, la que alguien se gana en reconocimiento a su prestigio personal y ético. La potestas, en cambio es la que se obtiene por razón de cargo (parentesco, político, policial, escolar, etc.) y, por tanto, hablaríamos de una autoridad formal, que se basa en normas, en leyes, en reglamentos, etc.

La auctoritas, es de orden moral, la que alguien se gana en reconocimiento a su prestigio personal y ético. La potestas, es la que se obtiene por razón de cargo  y es una autoridad formal, que se basa en normas o leyes.

Huyendo de reduccionismos, soy consciente de que las causas de los problemas planteados al principio de este escrito, como he dicho, son muy complicadas. Sin embargo, me pregunto: ¿qué es lo que ocasiona que la juventud deteste la autoridad, en general? Probablemente es la consecuencia de recurrir demasiado a menudo a la potestas porque se ha perdido la auctoritas.En el ámbito social y político, los gobernantes en muchos casos no dan el ejemplo que se espera de un servidor público y lo esconden bajo el endurecimiento de las leyes. Es el poder, la autoridad formal. En el ámbito de la familia y de la escuela, los ámbitos que interesan en este espacio de opinión, no se pierde la autoridad moral por dejadez, sino en muchos casos por ignorancia o por la desorientación con la que a diario nos bombardean, a través de los medios (webs, redes, opinadores, etc.), con planteamientos “buenistas” de la pedagogía y de la psicología.   

Los que tenemos la responsabilidad de educar, en cuanto a lo que depende de las instituciones y de la administración, no podemos hacer mucho. En todo caso, poner en valor —educar— la importancia de informarse y participar de la vida política de forma responsable, y concienciar a los jóvenes sobre la necesidad de alcanzar una democracia sana, cada vez menos pendiente de las normas y más del bien común, del servicio a los demás y del respeto a la pluralidad de ideas… que no es poco. 

La autoridad que necesitamos en la familia y en la escuela

Pero cabe resaltar que en el contexto de la familia y de la escuela, este punto, el de la autoridad, es vital. Como pedagogo, me centraré en ello porque, en lo que se refiere a la educación, en especial la que hay que dar en el ámbito familiar, sí es imprescindible crear un ambiente basado en la autoridad moral. ¿Cómo se logra? Daré algunas pistas para la reflexión, con el convencimiento de que el lector sabrá encontrar muchas más, en función de su realidad familiar o escolar.

En estos ámbitos, puede darse una falsa concepción de la autoridad moral. Se dice que la familia —también la escuela— debe ser democrática en el sentido más profundo: estoy de acuerdo. Pero esto no significa que vaya a funcionar con los mismos mecanismos que la política, por ejemplo. La familia no es una asamblea ni un club de amigos. El famoso juez de menores de Granada, el magistrado Emilio Calatayud, lo decía bien claro: si un padre se hace amigo de su hijo, el hijo gana un amigo, pero pierde un padre.

Los padres deben basar su autoridad en su ejemplo y en el cumplimiento generoso de sus obligaciones—incluso tipificadas en el Código Civil—. Es decir, dentro de las posibilidades materiales de cada familia, en primer lugar atender a las necesidades más básicas. En segundo lugar, promover un entorno que favorezca un desarrollo equilibrado de su personalidad y responsabilidad. Los padres tienen la custodia de sus hijos hasta que no llegan a la mayoría de edad: es una obligación y un derecho irrenunciables.

Pero aquí es donde entra en juego ese difícil equilibrio: los hijos deben obedecer a los padres porque es una de sus obligaciones. Pero esta obediencia debe estar lejos de la sumisión (fruto de la potestas, del poder formal): debe ser consecuencia del respeto y del reconocimiento a la figura y al ejemplo ético y moral de los padres (auctoritas). Autoridad paternal y obediencia filial deben surgir del reconocimiento por ambas partes de sus derechos y obligaciones, a partir de una base sólida que únicamente se entiende desde el amor.

Los hijos deben obedecer a los padres. Esta obediencia debe estar lejos de la sumisión (potestas): debe ser consecuencia del respeto y del reconocimiento a la figura y al ejemplo ético y moral de los padres (auctoritas).

Como escribí hace unos años sobre este mismo tema, me vienen a la cabeza unas palabras de la pedagoga María Montessori: Si el niño llega a manifestar una defensa, difícilmente será una respuesta directa e intencional a la acción del adulto. Será más bien una defensa vital de su integridad psíquica o una reacción inconsciente de su espíritu oprimido. Personalmente, estoy convencido de que aquellos padres (o aquellos maestros) que siempre se han valido de su autoridad moral no han tenido, ni tienen ni tendrán, “problemas” de autoridad.

Dos reglas para ganar autoridad moral

Como resumen de todo lo que ya he ido escribiendo, planteo una reflexión: la autoridad moral, la familia (o la escuela) ni la adquiere ni la aprende: se la gana. ¿Y cómo? Aplicando dos reglas básicas de la pedagogía: la primera, como he dicho, amando. Si no hay cariño, no es posible la auténtica autoridad. La segunda –siguiendo con Montessori–, con pulcritud de corazón que, dicho en términos modernos, es la rectitud de intención. Ella decía que el niño es su propio maestro: también lo es en eso que entendemos por “disciplina”, y que yo llamo sentido ético y moral, que debe haberse trabajado en el niño o en el joven. Los padres, y también los maestros, deben ser su modelo. No hay otra forma.

La autoridad moral, la familia (o la escuela) ni la adquiere ni la aprende: se la gana. ¿Y cómo? Aplicando dos reglas básicas de la pedagogía: amando y con rectitud de intención. 

Así pues, de la autoridad de que deben valerse los padres es la autoridad moral. Los padres que tienen autoridad moral no suelen necesitar la autoridad formal.

De las familias que han basado la educación en un entorno de autoridad, fundamentada en el cariño y en la ética, tengo la experiencia de que han salido jóvenes convencidos de que hay que respetar a las personas, respetar las cosas y respetar las ideas.

En una educación fundamentada en este sentido moral de la autoridad es cuando he visto cómo se han facilitado herramientas de pensamiento y criterios claros para hacer frente al hedonismo, evitar y denunciar la violencia o las agresiones gratuitas, no dejarse engañar por los falsos ídolos, apartarse del consumismo enfermizo, y ser conscientes del valor del esfuerzo en los estudios o el trabajo, entre otros valores. O virtudes, que a mí personalmente me gusta más.

Para acabar, hace poco, a raíz de las últimas agresiones a unas chicas jóvenes, alguien colgó en las redes una imagen en la que se veía pintada en una pared una frase que decía “PROTEJAN A  LAS HIJAS”. Convenientemente tachada, debajo mismo se enmendó con otra que decía “EDUQUEN A LOS HIJOS”. Muy acertado.

Xavier Ureta i Buxedaestá licenciado en Pedagogía y es doctor en Ciencias de la Educación. Actualmente, es profesor emérito de la Universidad Internacional de Cataluña (UIC) donde sigue colaborando y miembro colaborador de la ONG APDIF dedicada a la formación de profesores en países en vías de desarrollo. En su blog, Amb Ulls de Pedagog, trata temas de actualidad educativa.

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2022-03-21T10:03:20+00:00
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