Educar para ser. La virtud como camino de crecimiento personal

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16 June 2023

Cómo fomentar la integridad desde el ámbito educativo

por Toni Gallemí Sol

Hablamos con James Arthur, fundador y director del Jubilee Centre for Character and Virtues de la Universidad de Birmingham, una institución líder y única en el mundo dedicada al estudio y la investigación de cómo el carácter y las virtudes impactan en el individuo y en la sociedad.

Le preguntamos a James Arthur si considera que va a contracorriente, pues no es común escuchar a nadie hablar de virtudes en el siglo XXI, salvo para referirse a cuestiones concretas. Cuando Arthur habla de ellas, lo hace desde la perspectiva clásica del florecimiento humano: “De alguna manera estamos yendo a contracorriente” dice el autor. “Hemos introducido el término virtud en las escuelas y en las universidades, en las revistas y también en los libros”. Una implementación casi obsesiva que impregna cada uno de los contextos que alcanza la dimensión educativa. Esto es relevante porque, para Arthur (que lleva muchos años de enseñanza a sus espaldas), la idea de educación “tiene que ver con las virtudes del carácter que vinculan el crecimiento humano con el tipo de persona que el ser humano tiene el potencial de ser y decidir ser”. La educación no se reduce a una mera enseñanza de contenidos que los alumnos deben asimilar, sino a un desarrollo que tiene que ver con el bien. También así lo desarrolla Aristóteles en su “Ética Eudemia”: “Es (…) ese modo de ser que nos hace capaces de realizar los mejores actos y que nos dispone lo mejor posible a un mejor bien u obrar, que está acorde con la recta razón”.

Las virtudes del carácter vinculan el crecimiento humano con el potencial de ser y decidir ser de cada persona

A este propósito, afirma Arthur: “Los filósofos clásicos ven el carácter virtuoso en el centro del crecimiento moral humano. Una persona virtuosa siempre hace lo correcto por motivos correctos. Esta era la filosofía de Aristóteles. La posesión de las virtudes en sí mismas incluye hacer buenas acciones, por buenos motivos, intenciones y actitudes. Y esto es lo que hacemos en el Jubilee Centre”.

Sin embargo, ya tenemos unos sistemas educativos centrados en los jóvenes y en su adaptación a las realidades futuras. Arthur ve un problema claro cuando reconoce que “lo que pasa con la teoría y la práctica de la educación moderna en los colegios es que está mucho más orientada a aprender competencias, habilidades y formas de conocimiento que se consideran necesarias para incrementar nuestra capacidad para tener éxito. Es un enfoque muy pragmático que se preocupa por un ideal de éxito de tipo tecnológico y material”. No es que sea algo esencialmente malo, pero parece que es algo incompleto. En el Jubilee Centre “nos centramos en la relación entre la naturaleza humana y su florecimiento”. Para ello es importante una meta o, por lo menos, un motivo lo suficientemente fuerte como para soportar los embistes de la corriente. “Para nosotros el único camino de entender el crecimiento en virtudes es partir de cuál es el sentido y propósito de la vida humana”.

El único camino de entender el crecimiento en virtudes es partir de cuál es el sentido y propósito de la vida humana

En caso de que exista un sentido y propósito de la vida humana como tal y aplicable a todos, no puede ser ni mucho menos una cuestión relativa. Tiene que ser algo que, como mínimo, nos una a todos en una misma alianza. Por lo que debe haber uno o varios elementos inamovibles o inextinguibles. Precisamente, este es uno de los grandes retos que hay que afrontar debido a la actual “secularización del carácter”, como lo denomina Arthur. Esta idea, la secularización del carácter, conlleva un alejamiento de la idea de lo trascendente. “En las escuelas contemporáneas hay un divorcio entre la filosofía de la educación y la religión, y la verdad es percibida como relativa. Muchos profesores y estudiantes prefieren no juzgar entre lo bueno y lo malo”. En un plano más concreto y personal, una de las primeras consecuencias es que muchas personas desconocen qué es verdad y qué no. De este modo se encuentran a merced de cualquier viento. Arthur insiste en que “no podemos asumir que esta forma de hablar es religiosa o una inspiración”, que existe una preocupación real acerca de las virtudes y el carácter al margen de que uno sea creyente o no. También se ha hablado mucho acerca de los valores, que cada uno debe tener los propios en la medida en que los considere valiosos. Pero hay unos valores comunes a todos que promueven el bien común, aunque “estos exigen acuerdo y consenso. Yo prefiero el término virtud porque es menos relativo y es más sólido, con una mejor fundamentación. Los valores pueden variar de un lugar a otro y se vuelven muy diferentes fácilmente. Las virtudes tienen más fundamento”.

Los valores pueden variar de un lugar a otro y se vuelven muy diferentes fácilmente. Las virtudes tienen más fundamento

Si esto lo trasladamos al ámbito educativo, la evidencia es clara: queremos educar a los jóvenes, pero ¿para qué?, ¿con qué finalidad? No es posible tener una intención sin un propósito, y esto último es lo que se debe discernir para responder a lo primero. “El principal objetivo de la educación es ayudar a los seres humanos a ser más plenamente humanos. Los profesores deben preguntarse a sí mismos qué tipo de persona quieren promover. No es sensato tener un objetivo educativo sin considerar qué realizaciones concretas implica”. Además, “la OCDE reconoce de hecho que la educación es más que información. Es un enfoque renovado de la educación de la persona en su totalidad y estoy de acuerdo con ello”, aunque “la parte del carácter que desean desarrollar es muy instrumental, dicen muy poco sobre las cuestiones morales”.

Nada de todo esto puede lograrse si se fomenta la construcción de barreras que lleven a la separación o al distanciamiento entre unos y otros que piensan de manera distinta. “El propósito en esta vida se encuentra en los proyectos comunes, las actividades compartidas y en las relaciones íntimas”. Por este motivo, el “Jubilee Centre reconoce que el desarrollo en plenitud humana solo puede darse en una sociedad decente y bien gobernada, caracterizada por la justicia social y el bien común. Las desigualdades extremas destruyen la armonía y la estabilidad, eliminando el contexto social positivo necesario para el desarrollo humano”. El apunte de Arthur no es superfluo, sabe dónde está y hacia dónde se dirige nuestro tiempo cuando señala que, en la actualidad, “las comunidades occidentales están marcadas por la división, la confusión, el desacuerdo y la polarización. (…) La gente parece no ser capaz de estar en desacuerdo con el otro de forma amable. Falta armonía y consenso. (…) Necesitamos hablar entre nosotros y hacerlo amigablemente”. La amistad es otro concepto tratado por Aristóteles en el que enfatizaba que, en palabras de Arthur, “las sociedades se unen en la amistad. Así pues, en lugar de polarizar y condenarnos unos a otros, es muy importante buscar la amistad y escuchar a los demás, aunque no estemos de acuerdo con ellos”. De hecho, “no somos únicamente seres racionales y éticos, somos también seres sociales, y esto es tan importante que el crecimiento en los individuos se ve en relación con los demás. La dimensión social es tremendamente importante también”.

El desarrollo en plenitud humana solo puede darse en una sociedad decente caracterizada por la justicia social y el bien común

De todo esto podemos sustraer que “la educación es un proceso continuo de “ser” que nunca termina”. La formación del carácter es dinámica y se perfecciona en tanto que avanzamos hacia un bien, aunque “es lenta y exige la práctica intencional. (…) Las escuelas y los profesores necesitan pensar sobre cómo lo van a integrar en su enseñanza, en la filosofía del colegio, en su ejemplaridad como profesores, todas estas cosas son muy importantes. Las experiencias en las escuelas pueden ser el catalizador del desarrollo en virtudes y ofrecer oportunidades para practicar el buen juicio (discernimiento) y la virtud”. Esta necesidad, que debe nacer en las familias y extenderse en las escuelas, es indispensable. “El carácter se aprende sobre todo directamente de los que nos rodean. Podríamos decir que nos sirven como ejemplo, como mentores. Es por ello que resulta extremadamente difícil desarrollar individuos virtuosos sin tener una comunidad virtuosa; aprendemos a ser virtuosos en comunidad”. Por este motivo el profesor debe ser también un modelo, no basta con enseñar y transmitir una serie de conocimientos que cualquier otro podría hacer. No se trata de que los alumnos copien al profesor, sino de que vean en él un ejemplo de conducta, no solo a nivel profesional, sino, sobre todo, a nivel humano, a través de una suerte de mezcla entre la autoridad y la cercanía sin exceder los límites de cada una de ellas. Los padres no envían a sus hijos “al colegio para que piensen y sean como los profesores”, los envían “para que interaccionen con los profesores y los demás estudiantes, para que se relacionen y a través de esta relación los alumnos” se impregnen de “algunos rasgos humanos que les hagan mejores seres humanos de lo que serían si no hubieran conocido a esa persona, a ese profesor”.

Esta visión no puede ser impuesta, pues uno de sus fundamentos es el respeto por la libertad de cada uno. Es otro de los grandes retos de los profesores: despertar en el alumno el interés y el amor por lo que está realmente bien, por aquello que es en sí mismo bueno, bello y verdadero. Lógicamente, esto sería un imposible desde la obediencia ciega. “Solo hay verdadera libertad” nos recuerda James Arthur, “cuando se actúa en servicio de lo que es bueno y justo”. Esto es, que la libertad no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar algo bueno. “Libertad, ¿para qué?”. Esa es la pregunta.

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2023-09-21T10:53:29+00:00
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