Escuela de aprendices

20 October 2021

La pregunta clave es: ¿Cómo queremos ser educados? Que es lo mismo que preguntarnos cómo queremos vivir

Por Jordi Viladrosa i Clua

Marina Garcés (Barcelona, 1973) es filósofa y profesora titular de Universidad. Su pensamiento es la declaración de un compromiso con la vida como un problema común. Por eso desarrolla su filosofía como una amplia experimentación con las ideas, el aprendizaje y las formas de intervención en nuestro mundo actual.

Escuela de aprendices reivindica la figura del aprendiz y su aprendizaje como un sistema que interrelaciona saberes y no saberes  para hacer frente a las desigualdades que condicionan el futuro. No es una crítica de los modelos pedagógicos emergentes sino un cuestionamiento de aquello que hay detrás de la pregunta “¿cómo queremos ser educados” y para hacer qué?

Este ensayo de la filósofa Marina Garcés no solo nos hace pensar, sino que nos invita a hacernos buenas preguntas y a encontrar respuestas que, quizás alguna vez, tendrán un punto de disrupción con el sistema preestablecido. O a lo mejor “nos da vergüenza no tener respuestas y siempre es más fácil disparar contra maestros y educadores”. Un trabajo sistemático que nos llega a los lectores distribuido en un prefacio, nueve capítulos y un epílogo pensado para la Escuela Massana. Centro de Arte y Diseño, pero que puede ser útil para todo el mundo.

Como ella misma dice, la pregunta clave es ¿cómo educar? Pero hay que hacerse esta pregunta desde la perspectiva de la figura del aprendiz, no solamente de la del profesorado o de la del sistema. Porque en este libro queremos reivindicar el aprendiz no como figura sociológica sino como punto de vista sobre la reflexión pedagógica en su conjunto. Este enfoque nos lleva a replantear la pregunta y transformarla en ¿cómo queremos ser educados?

Escuela de aprendices es una libro que no pretende dar pie a un debate entre metodologías tradicionales o innovadoras; esto sería caer en un paradigma donde “el único conflicto es la competitividad”, un conflicto “deliberadamente neutralizado” por quien  tiene sus propios intereses. Tampoco tiene como objetivo agotar los múltiples temas que plantea, sino que “abre un espacio de reflexión crítica en un ámbito donde la práctica, la acción, la experimentación son inseparables del pensamiento.”

Escuela de aprendices es una libro que tiene como objetivo abrir un espacio de reflexión crítica en un ámbito donde la práctica, la acción, la experimentación son inseparables del pensamiento.

La obra se sirve de múltiples referentes filosóficos para ir ensartando los pensamientos de la autora y ofrecérnoslos como logra una buena profesora de filosofía: hacer de la filosofía una invitación a pensar juntos. No pienses como yo, piensa conmigo, afirma. Hay un momento en el libro que me ha resultado bastante sugerente. La autora explica cómo durante un tiempo de su experiencia evitaba dar un modelo de trabajo, de respuesta a una pregunta de un examen o de comentario de texto a sus estudiantes, y que ahora se da cuenta de que su posicionamiento no era contra los modelos sino contra la forma “como único argumento de un aprendizaje aparente”.

El modelo, pues, no es la forma que el alumno tiene que reproducir sino el ejemplo que el profesor tiene que dar haciendo de su enseñanza, también, una reinvención.

¿Qué tenemos que aprender y quién lo tiene que enseñar?

Nuestra sociedad líquida, concepto acuñado por el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), es víctima de ella misma cuando convierte los valores en estímulos volátiles y efímeros. El sistema educativo no tiene suficiente musculatura -aun siendo el elemento principal- para aglutinar todo lo que hay que aprender y cómo. Las redes sociales, el consumo incentivado, el mundo de la distribución de contenidos audiovisuales a escala mundial, etc. son un enorme contrapeso de lo que acontece en las aulas. Así pues, “el concepto de educación obligatoria convierte un derecho (a la educación) en el ejercicio de una obligación (a la escolarización)”, como si esto solo nos garantizara el aprendizaje; es decir, todo aquello que “el sistema” ha decidido que se tiene que aprender y del  que  asume la responsabilidad a través de los docentes. Parece que nos cueste aceptar que muchísimos otros aprendizajes, como afirmábamos más arriba, tienen lugar fuera de las paredes de la escuela. ¿Qué hemos hecho, sino, mientras la pandemia de la Covid-19 nos mantuvo confinados?

No obstante, Garcés no “invoca una escuela sin maestros, como sueñan hoy las plataformas de educación a la carta”, sino que nos la presenta como una “escuela de aprendices que nos tiene que permitir pensar los conflictos y las alianzas educativas desde un determinado punto de vista: el que abre la pregunta cómo queremos ser educados, dentro, fuera y a través del sistema escolar”. Un planteamiento que no esconde un peligro que detalla en el subcapítulo La maestra ignorada cuando afirma que estamos ante una “operación de obsolescencia programada” justificada con dos argumentos principales:

La caducidad de los maestros respecto del uso pedagógico de las tecnologías digitales y la inutilidad de sus saberes y de su transmisión.

¿Se puede aprender sin saber?

En el capítulo 4 nos encontramos con una aportación que tiene que ver con la personalización del aprendizaje cuando la autora afirma que no hay aprendizaje si no le pasa a cada uno. Y se pregunta hasta dónde hay que forzar al aprendiz para que explore por sí mismo una “educación basada en la complicidad” con los maestros. ¡Cuidado, sin embargo, con confundir los conceptos!: si uno de los discursos pedagógicos actuales se centra específicamente en el talento personal, ¿no estaremos pasando de un modelo educativo “formateador” a un modelo “extractivo”? ¿Cuál es el modelo más transformador? Garcés nos acompaña magistralmente hasta encontrar la respuesta a estas preguntas.

Últimamente, parece que estamos poniendo el foco en “un aprendizaje permanente vacío de saber” como si el hecho de saber no fuera “una vivencia en relación con unos contenidos determinados” que hay que contextualizar y concretar en acciones reales de la vida cotidiana de cada cual. No, no existe el saber entendido como un conjunto de conocimientos acumulados. Lo que se pretende lograr es la emancipación:

La capacidad de pensar por uno mismo en relación con los otros.

Aprender a aprender es una instrucción

Las instituciones educativas, las teorías pedagógicas, las metodologías no son lo más importante; lo es la actitud de las personas hacia su propia educación en un acto donde los aprendices enseñan y los profesores aprenden y al revés. Se trata de incitar a la acción desde el pensamiento. Garcés contrapone un “aprender a aprender” con el eslogan atrévete a saber. El currículum actual basado en competencias convierte el aprender a aprender en un factor relevante que tiene que ver, según la autora, con la organización y la gestión del aprendizaje, y con “una virtud adaptativa que combina aspectos tácticos, estratégicos y motivacionales”. Se trata más bien de una adaptación a una realidad incierta y cambiante que de una emancipación del pensamiento autónomo del aprendiz. El conocimiento ha sido regulado durante generaciones y ahora las neurociencias facilitan el diseño de los comportamientos eficaces. Lo que continúa estando en juego es que los conocimientos que aprendemos y la manera como los adquirimos tienen que permitir “empezar a pensar por nosotros mismos”, porque nunca poseeremos toda la información. Por eso, como dice Garcés:

Es tan importante saber cómo no saber. Aprender es acoger la desproporción.

Lo que continúa estando en juego es que los conocimientos que aprendemos y la manera como los adquirimos tienen que permitir empezar a pensar por nosotros mismos, porque nunca poseeremos toda la información.

Para terminar, querría añadir todavía un par de ideas o reflexiones: La primera: es interesante el juego de conceptos y la reflexión correspondiente que nos propone la autora cuando presenta los diferentes ángulos de la autoridad, el servilismo adaptativo y la disrupción; una “adaptación constante al cambio y a la incertidumbre como nueva forma de obediencia”. Y la segunda: ¿cómo queremos que sea la educación de nuestros aprendices si continuamente dibujamos futuros tan inciertos y caóticos? ¿Estamos convirtiendo el sistema escolar en un callejón sin salida? Porque “preguntarnos cómo queremos ser educados implica podernos plantear qué futuros podemos imaginar y con qué pasados los queremos vincular”. No hay recetas, pues, sino dudas que nos abren -si reflexionamos de manera valiente- un mundo lleno de posibilidades.

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