La escuela necesita la ética como la necesita toda la sociedad

6 July 2021

Si la ética desaparece de las aulas, los alumnos se quedan sin la oportunidad de reflexionar sobre las cuestiones morales que les rodean

Por Carlos Goñi

Carlos Goñi Zubieta es Doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona, profesor de bachillerato y como escritor abarca temáticas diversas como filosofía, historia antigua, mitología o educación, y diferentes géneros: ensayo, divulgación, novela o autoayuda.
Entre sus numerosas publicaciones destacamos Pico della Mirandola: el filósofo de la concordia (2020),  Educar con filosofía (2019) y Es que soy adolescente… y nadie me comprende (2015).

Evidentemente, el debate sobre la conveniencia o no de impartir Ética en la escuela es un debate ético. Con esto está casi todo dicho. Del mismo modo, la decisión de eliminar o sustituir la Ética, como pretende la nueva Ley de Educación –Lomloe–, es también una decisión ética. Con lo que queda claro que estamos ante una norma que rezuma cinismo por los cuatro costados.

Habría que acudir a la historia de la Ética, la misma que el cinismo oficial no quiere que nuestros alumnos conozcan, para descubrir quiénes eran los cínicos y qué enseñaban. Entonces lo entenderemos, porque la ética nos ayuda justamente a eso: a entender por qué actuamos como actuamos y por qué tomamos las decisiones que tomamos. Un cínico es aquel capaz de mantener algo aun a sabiendas de que es falso, porque para él la verdad es un constructo social en el que no quiere tomar parte; no cree en las instituciones y solo le preocupa, como al viejo Diógenes, que no le tapen el sol.

Escuela y ética

La escuela necesita la ética como la necesita toda la sociedad. Negar la obviedad solo puede hacerse desde el cinismo. Pero en el caso que nos ocupa resulta más insolente todavía por el hecho de que la ética es más necesaria en el aula que en las demás esferas sociales. Esto se debe a que la escuela tiene una función efusiva, es decir, lo que en ella sembremos será lo que recogeremos en las instituciones secundarias, lo que pongamos en ella acabará filtrándose en la comunidad.

La escuela, como la sociedad, está desmoralizada, y lo está en el doble sentido que le podemos dar a la palabra. Le falta moral, ánimo, ganas, optimismo… Y no extraña, porque se le exige más de lo que se le da, se la utiliza como arma arrojadiza en las cronificadas campañas electorales y se la somete a todo tipo de experimentos pedagógicos y políticos. Y está desmoralizada también en el sentido de que la escuela ha de ser el ámbito adecuado para que los alumnos aprendan a ejercer una reflexión moral y puedan formarse un criterio ético que les permita vivir como ciudadanos en una sociedad democrática. Como era de esperar, una desmoralización lleva a la otra.

La escuela ha de ser el ámbito adecuado para que los alumnos aprendan a ejercer una reflexión moral y puedan formarse un criterio ético que les permita vivir como ciudadanos en una sociedad democrática.

Entiéndase que en la escuela no hace falta moral, sino ética. Es decir, como acabamos de comentar, los alumnos, sobre todo adolescentes, necesitan aprender a reflexionar sobre las cuestiones morales que les rodean. Cada alumno lleva a la escuela, como en una mochila, la moral recibida en su entorno, un entorno que es por definición particular y reducido. Si no se enseña ética en la escuela, esta, por su propia inercia, tiende a potenciar los estereotipos morales y, en consecuencia, las diferencias sociales. Por eso, se hace imprescindible que los alumnos aprendan ética, que reflexionen sobre la carga moral (casi en sentido nietzscheano) que llevan encima. Solo así podrán eliminar los estereotipos y alcanzar la visión de una ética universal común, necesaria para ser ciudadanos en una sociedad democrática.

En cierto modo, la escuela debe proponer a cada alumno algo parecido al velo de la ignorancia (veil of ignorance) que propuso hace medio siglo el filósofo estadounidense John Rawls. La función de la ética en la escuela es la de procurar que cada alumno pueda situarse, abstrayendo su situación actual, en un hipotético futuro en el que ignora su posición, si será hombre o mujer, blanco o negro, pobre o rico, agresor o agredido, joven o viejo… y que, desde ese futuro tome decisiones morales. A la escuela le corresponde el cometido más trascendental: universalizar la moral a través del estudio de la ética en las aulas. De lo contrario, corremos el riesgo de sumergirnos en una moral identitaria que puede ser muy peligrosa para la convivencia.

A la escuela le corresponde el cometido más trascendental: universalizar la moral a través del estudio de la ética en las aulas.

La ética, como el coronavirus, no entiende de fronteras ni hace acepción de personas. Si para algo nos ha servido esta pandemia ha sido justamente para sacudirnos las diferencias y ponernos en el lugar de todos, porque afecta, como la ética, a todos. La ética nos ayuda a establecer evidencias morales que pesan siempre y en todo lugar. Si no lo hace la escuela, habrá incumplido una de sus funciones primordiales, se habrá desmoralizado.

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2021-09-17T07:59:08+00:00July 6th, 2021|Tags: |
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